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El juicio de la luna

aidareyesalcalde
hace 13 minutos
1 min de lectura
Ilustración creada para el poema "El juicio de la luna" se ve una playa y la mandolina y traje de Pierrot flotando en la orilla, con la luna y las estrellas reflejadas en el mar.


Este poema es una continuación libre del poema “Pierrot desciende al mar” de Ermelinda Díaz.

Puedes leerlo en el link siguiente


Prepárate para abandonar la simple fábula romántica cuando Pierrot enfrenta el rigor mitológico de Artemisa.

 

……………………

 

Se embriagó de irremediables narcisos

como si tuviera en su mejilla una túnica blanca,

y una lágrima negra le recordó a Pierrot,

sentenciando así su voluntad y su fuerza.

 

Pensó en su existencia en el ocaso

y le acomodó en una siesta como un artilugio:

—¿Es cierto entonces que los héroes se inmolan

dejando en sus restos el peso de un devenido bronce?

 

Pierrot no era un héroe precisamente;

la Luna, en cambio, era la diosa de la caza

que navegaba en una barca con su arco de plata,

acostumbrada al beneplácito de temerosos mortales.

 

Artemisa interrumpió su silencio

que evocaba a un guardián insomne

entró en sus cuerdas de metal,

y un crujido distorsionó su dormida memoria.

 

«Mirad a aquel que descendió al mar

y dejó caer mi destello,

tal vez en sus caracolas descoloridas busque

ese rojo en mi boca que ya no existe».

 

No hay rostro, sino versos que tejen su corona

hacia donde flotará hasta alcanzar la arena húmeda,

tocando esa mandolina de madera gastada,

con una venda de plata que cegó al desolado.

 

 

Aída Reyes-Alcalde

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