El juicio de la luna

Este poema es una continuación libre del poema “Pierrot desciende al mar” de Ermelinda Díaz.
Puedes leerlo en el link siguiente
Prepárate para abandonar la simple fábula romántica cuando Pierrot enfrenta el rigor mitológico de Artemisa.
……………………
Se embriagó de irremediables narcisos
como si tuviera en su mejilla una túnica blanca,
y una lágrima negra le recordó a Pierrot,
sentenciando así su voluntad y su fuerza.
Pensó en su existencia en el ocaso
y le acomodó en una siesta como un artilugio:
—¿Es cierto entonces que los héroes se inmolan
dejando en sus restos el peso de un devenido bronce?
Pierrot no era un héroe precisamente;
la Luna, en cambio, era la diosa de la caza
que navegaba en una barca con su arco de plata,
acostumbrada al beneplácito de temerosos mortales.
Artemisa interrumpió su silencio
que evocaba a un guardián insomne
entró en sus cuerdas de metal,
y un crujido distorsionó su dormida memoria.
«Mirad a aquel que descendió al mar
y dejó caer mi destello,
tal vez en sus caracolas descoloridas busque
ese rojo en mi boca que ya no existe».
No hay rostro, sino versos que tejen su corona
hacia donde flotará hasta alcanzar la arena húmeda,
tocando esa mandolina de madera gastada,
con una venda de plata que cegó al desolado.
Aída Reyes-Alcalde








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