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El juicio de la luna
Este poema es una continuación libre del poema “Pierrot desciende al mar” de Ermelinda Díaz. Puedes leerlo en el link siguiente Prepárate para abandonar la simple fábula romántica cuando Pierrot enfrenta el rigor mitológico de Artemisa. …………………… Se embriagó de irremediables narcisos como si tuviera en su mejilla una túnica blanca, y una lágrima negra le recordó a Pierrot, sentenciando así su voluntad y su fuerza. Pensó en su existencia en el ocaso y le acomodó en una si


A mi nombre ponle oído
Soy catedral vacía y trono desierto, no necesito un coro que me libre del abismo: el eco de la ruina retumba en mis naves de mármol. El escenario viste mi manto de luto y la corte guarda un minuto de silencio para contemplar a la reina destronada. Es la asunción sagrada del dolor: la ópera ensordece en mi propio cetro y las notas escapan como legiones rebeldes, huyendo del incendio de Troya. Ahora que la garganta abdica y desentona, trago el veneno real de mi saliva. D


Desasosiego
En días de excitación y peste la idea redentora del pecado aguarda en un teatro bélico para ver quien se adjudica la circunspecta fosa. La sucesión de las formas agónicas, ese sentimiento que escapa a la locura, quizá permisión de un tal dios que condene a sensatos a la risa ridícula. Bufones y sátiros en comparsa de a seis anuncian la histeria en el desasosiego, muchos títeres provenientes de las cercanías son castigados por sus propios vicios, condenados a llevar una máscar


Es la cama la tumba del poeta
Cuando nos abandonamos, nos robamos juntos. ¿Secuestro o derrota? Nos deshacíamos en poesía pactada sin que tú, loca mía, asomaras tu cabeza. Yo te mostraba mi pecho herido y lo devorabas mostrando tus afilados dientes. ¡No te mentí! El poeta es un pequeño dios, el Cristo pobre que hace de su creación su campante tragedia, como cuando el universo lo vuelve loco y camina descalzo y desnudo. Ya te sufrí y rasgué vestiduras, hice del ridículo mi renuncia. Un día increparé a


Diálogo sordo de un muerto
La voz de los siempre sabios, inexorable en el tiempo, se manifestaba en diversos cantos. Al arrogarse la muerte el humanoide, se crea cierta existencia: cráneos, esqueletos y uno que otro vestigio son una acreditación a la desgracia presunta. Algunos advirtieron que la muerte era lo único auténtico de la vida ante tantos titubeos. La vanidad y la arrogancia, efímeras ante el hecho de la tumba, incuestionables todas a estas alturas. La muerte cara a cara se presentó y a


Acelerar la muerte
Al lograr morir yo, todo quedó pausado. Al rato la rigidez, luego el eco de mi voz; a mi entender, casi todo lo maté conmigo. Una noche, desde mi ilustrado ataúd, salí a la quietud: quería perturbar mi silencio y resistirme a solo ser una perpetua, saber cómo era la muerte de los otros. Humillada en el reposo, me vi en una compleja sátira con los inmortales; pretendí imponer, con muchas ínfulas, abolir el miserable dolor. —¡Solo muertos! —sentencié—, así no más soliloquios ni


La parábola de Anadón
No empuja la muerte su lápida cuando es pesada, ni desciende el vencido por su nobleza, el herido. La historia trenza en el Loscos de España su memoria con hilos de envejecida plata. Tus ojos quedaron despiertos y en la fiebre pareces vivo; tal vez la muerte compungida no quiera hacerte un nido para mecer bruscamente su rama. ¿Acaso son tus oraciones, Anadón, las que te denuncian? Y es allí, en la somnolencia sagrada, que tocas en llaga al más descreído poeta. Al arroga


De intelecto a saliva
Leyendo por placer en un minucioso tiempo, acompañada por Asterión y mi encierro, la vejez expresó su abandono de siglos. El recordar se expresa con palabra muda y allí la sagrada imagen se torna difusa, cual alegoría sosteniendo mi planeta que la humanidad de a poco deshabita. Descomunal ofensa decirle al hombre viejo: —¡Vives en la luna!— Te escribo y sé que escribo para que no me leas; me lo digo para mí en el día de mañana, cuando, perdida y desnuda, el ser humano dé paso


La fortaleza del alma
Con antorchas encendidas en la flagelación nocturna, mostró el ser humano su lado mediocre detrás de túnicas y máscaras. Los ángeles convencidos de la inexorable tragedia, fiebre y deterioro, dictaminaron que sus mártires y santos fueran puestos de rodillas fuera de los ataúdes. El Sensato fue humillado y la virtud puesta en la soga, sacrificando a las Vírgenes pequeñas y a sus madres a vestir el luto. El velorio involuntario trajo la cruz y la sentencia de Judas se hizo carn


Hacedor de humo
Luego de dar su más sentido pésame, sentenció el sabio a su tribu perenne: ¡Duerme! hasta que la esfera celeste se venga abajo, cuando la carne se vuelva espíritu, habrá concluido nuestro simulacro. Después del éxodo, la incerteza lo pone todo patas arriba y los indios dejaremos de existir patas abajo. Nuestras danzas serán de antaño una mera curiosidad, criaturas burladas o desterradas, condenadas a orbitar. Por la noche iniciaremos un nuevo rito descuartizando al hermano


El llanto de la quebrada
Yo no quise esta agua hijo mío en la perpetuidad de sol, la quise fresca en la desnudez de mis huesos implorando a tantos dioses como fuera posible, en las entrañas desérticas del hermano Tamarugo que en el ruego del sabio vencido fue en su súplica. En la cuna de un mochuelo extraviado un pequén pasa increpando ¿De qué dolor me hablas? tu nido y el mío solo plumas inmolando nuestros cuerpos, mientras un alma enlodada susurra «no hay peor dolor que ser pobre entre los cerr


La Mugre
Desde el borde intentó volar, desesperado creyó en esa libertad que falsamente da la calle. (Al caer) La noche es el nuevo deterioro. «¿Son balas?», se preguntó, «¿o sólo es Kafka?». La perturbación lo cegó. Sueños de cloacas, concreto de almohadas: «¡Soy el gran insecto! Tengo alas en la espalda». Lo descreído, lo incrédulo reina en mi vertedero. Sueño profundo enmarañado, he de zumbar por las noches disparatadas replicando el sonido de la nada y el asco. Entonces di
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