top of page

Diálogo sordo de un muerto

  • aidareyesalcalde
  • hace 9 horas
  • 3 min de lectura
Ilustración original para el poema "Diálogo sordo de un muerto" de Aída Reyes-Alcalde. Se ve un cementerio con una silueta de una persona sentada sobre una de las tumbas.

La voz de los siempre sabios,

inexorable en el tiempo,

se manifestaba en diversos cantos.

 

Al arrogarse la muerte el humanoide,

se crea cierta existencia:

cráneos, esqueletos

y uno que otro vestigio

son una acreditación

a la desgracia presunta.

 

Algunos advirtieron que la muerte

era lo único auténtico de la vida

ante tantos titubeos.

La vanidad y la arrogancia,

efímeras ante el hecho de la tumba,

incuestionables todas

a estas alturas.

 

La muerte cara a cara se presentó

y al parecer fue perpetua.

Escribir post mórtem sobre la vida

se me dio de golpe,

precisamente en la tumba.

 

En las antípodas de la vida,

en la ciudad callada,

crece mi insolencia.

Un físico dijo que la voluntad

es más fuerte que la energía atómica;

no obstante, hay una más poderosa:

la mía, añadí.

 

¡No te pares al lado de mi tumba!

¡Hoy no me encuentro con suerte!

La suerte es solo muerte

con letra invertida.

 

La verdad es que no sé cómo irme hacia el remanso,

no sé cómo abandonar la escoria;

estoy ido y vienen mis letras

al puñado ficticio de mi mano,

creadas en lo más recóndito

de mi recreada vida.

 

Soy ese escritor frustrado

en un mundo que no sabe de poetas,

que ignora la belleza.

El ignorar es el nuevo saber del idiota,

la inmediatez asoma su cabeza,

hoy reina y es la ruina.

 

Un hombre en camposanto

erige una lápida;

al llegar, el pulgar permanece inmóvil

ante el ángel un largo rato,

una obra de arte sale de sus manos.

Tenía la sensación de vidas creadas,

creía comprender que el espíritu de Dante

completaría el círculo

y en el vórtice, tumba a tumba,

encontraría el ascenso.

 

Séneca intenta persuadirme,

estoico me increpa,

dice que si mi vida es miserable

debo hacerla inconclusa;

me envió misivas

a las que debo remitir: ¡fracasé!

 

Conocí a un hombre

que leía versos antiguos,

epitafios y tumbas;

era un buen samaritano que,

al encontrar mi lecho,

sin importarle mucho que estuviera en ruinas,

solemne a mi sepultura,

permaneció suntuoso,

reverberando una especie de rezo.

 

Inferir en la vigilia

no intercede en mis planes,

asomar este lastre

no impide divagar por los páramos.

Lo cierto es que viví postergando

palabras en mi cabeza

y muchas son las caras

de este muerto en el barro.

 

Sentir el hueco y el vértigo

me hace no tener escrúpulos,

una que otra incomodidad,

almas compungidas,

velas consumadas

y el infinito perdón.

 

El verdadero muerto

se reconoce rápido por sus fisuras,

es fácil adivinar cómo encontró la muerte:

el suicida, el que se batió a duelo

o el que encontró su fin en la fiebre o la peste;

lo cierto es que hay quienes cubren su cara

esculpiendo en su rostro

una nueva máscara.

 

En el mármol hay ángeles

pidiendo disculpas por alguien o por algo.

Cuentan que ellos, al leer nuestros nombres,

visualizan nuestro padecimiento:

el registro de la sangre, lo llaman.

Algunos pierden sus ojos,

es mejor no ver el dolor cara a cara.

 

La muerte inesperada

es la más cruel de todas;

la incredulidad lo devuelve a la vida,

debajo de la tierra se escucha el aullido,

hermano o padre que lo pide de vuelta.

El muerto es acostado,

el suelo se agrieta,

una voz le implora despertar

y eso nunca sucede.

 

Varios gritan:

«¡Tápenle la cara!»,

cuando vieron que su hija

no le soltaba la mano.

La muerte compungida

se pregunta para qué

y, sumida en una columna,

«¡Espanten las moscas!», vocifera.

 

Para morir solo hay que dormir;

en eso estaba cuando un mártir

abrazó desesperado a su opresor

conciliando esa paz profunda.

 

Menesterosos,

en el panteón sombrío

acumulan sus quejas

queriendo arrojar el sudario

que tanto les oprime;

en algunas el manto perdura

o simplemente se desvanece.

La mirada del pordiosero,

el que pide por Dios,

se recrea en la infamia

queriendo zurcir en llaga o

recomponiendo en martillo

sus profanados huesos.

 

Una de estas noches

de atropello o sinsentido

llamaré a mis signos vitales de vuelta:

¡al fin sabré

cómo la vida cesó!

¡al fin sabré

cómo es de absurda!

 

Aída Reyes-Alcalde

Comentarios


Otras historias

bottom of page