Diálogo sordo de un muerto
- aidareyesalcalde
- hace 9 horas
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La voz de los siempre sabios,
inexorable en el tiempo,
se manifestaba en diversos cantos.
Al arrogarse la muerte el humanoide,
se crea cierta existencia:
cráneos, esqueletos
y uno que otro vestigio
son una acreditación
a la desgracia presunta.
Algunos advirtieron que la muerte
era lo único auténtico de la vida
ante tantos titubeos.
La vanidad y la arrogancia,
efímeras ante el hecho de la tumba,
incuestionables todas
a estas alturas.
La muerte cara a cara se presentó
y al parecer fue perpetua.
Escribir post mórtem sobre la vida
se me dio de golpe,
precisamente en la tumba.
En las antípodas de la vida,
en la ciudad callada,
crece mi insolencia.
Un físico dijo que la voluntad
es más fuerte que la energía atómica;
no obstante, hay una más poderosa:
la mía, añadí.
¡No te pares al lado de mi tumba!
¡Hoy no me encuentro con suerte!
La suerte es solo muerte
con letra invertida.
La verdad es que no sé cómo irme hacia el remanso,
no sé cómo abandonar la escoria;
estoy ido y vienen mis letras
al puñado ficticio de mi mano,
creadas en lo más recóndito
de mi recreada vida.
Soy ese escritor frustrado
en un mundo que no sabe de poetas,
que ignora la belleza.
El ignorar es el nuevo saber del idiota,
la inmediatez asoma su cabeza,
hoy reina y es la ruina.
Un hombre en camposanto
erige una lápida;
al llegar, el pulgar permanece inmóvil
ante el ángel un largo rato,
una obra de arte sale de sus manos.
Tenía la sensación de vidas creadas,
creía comprender que el espíritu de Dante
completaría el círculo
y en el vórtice, tumba a tumba,
encontraría el ascenso.
Séneca intenta persuadirme,
estoico me increpa,
dice que si mi vida es miserable
debo hacerla inconclusa;
me envió misivas
a las que debo remitir: ¡fracasé!
Conocí a un hombre
que leía versos antiguos,
epitafios y tumbas;
era un buen samaritano que,
al encontrar mi lecho,
sin importarle mucho que estuviera en ruinas,
solemne a mi sepultura,
permaneció suntuoso,
reverberando una especie de rezo.
Inferir en la vigilia
no intercede en mis planes,
asomar este lastre
no impide divagar por los páramos.
Lo cierto es que viví postergando
palabras en mi cabeza
y muchas son las caras
de este muerto en el barro.
Sentir el hueco y el vértigo
me hace no tener escrúpulos,
una que otra incomodidad,
almas compungidas,
velas consumadas
y el infinito perdón.
El verdadero muerto
se reconoce rápido por sus fisuras,
es fácil adivinar cómo encontró la muerte:
el suicida, el que se batió a duelo
o el que encontró su fin en la fiebre o la peste;
lo cierto es que hay quienes cubren su cara
esculpiendo en su rostro
una nueva máscara.
En el mármol hay ángeles
pidiendo disculpas por alguien o por algo.
Cuentan que ellos, al leer nuestros nombres,
visualizan nuestro padecimiento:
el registro de la sangre, lo llaman.
Algunos pierden sus ojos,
es mejor no ver el dolor cara a cara.
La muerte inesperada
es la más cruel de todas;
la incredulidad lo devuelve a la vida,
debajo de la tierra se escucha el aullido,
hermano o padre que lo pide de vuelta.
El muerto es acostado,
el suelo se agrieta,
una voz le implora despertar
y eso nunca sucede.
Varios gritan:
«¡Tápenle la cara!»,
cuando vieron que su hija
no le soltaba la mano.
La muerte compungida
se pregunta para qué
y, sumida en una columna,
«¡Espanten las moscas!», vocifera.
Para morir solo hay que dormir;
en eso estaba cuando un mártir
abrazó desesperado a su opresor
conciliando esa paz profunda.
Menesterosos,
en el panteón sombrío
acumulan sus quejas
queriendo arrojar el sudario
que tanto les oprime;
en algunas el manto perdura
o simplemente se desvanece.
La mirada del pordiosero,
el que pide por Dios,
se recrea en la infamia
queriendo zurcir en llaga o
recomponiendo en martillo
sus profanados huesos.
Una de estas noches
de atropello o sinsentido
llamaré a mis signos vitales de vuelta:
¡al fin sabré
cómo la vida cesó!
¡al fin sabré
cómo es de absurda!
Aída Reyes-Alcalde








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