La parábola de Anadón
- aidareyesalcalde
- hace 5 horas
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No empuja la muerte
su lápida cuando es pesada,
ni desciende el vencido
por su nobleza, el herido.
La historia trenza
en el Loscos de España
su memoria con hilos
de envejecida plata.
Tus ojos quedaron despiertos
y en la fiebre pareces vivo;
tal vez la muerte compungida
no quiera hacerte un nido
para mecer bruscamente su rama.
¿Acaso son tus oraciones, Anadón,
las que te denuncian?
Y es allí, en la somnolencia sagrada,
que tocas en llaga
al más descreído poeta.
Al arrogarse la buena voluntad,
el humano no comprende
que el rugido de Dios
aplaque su lenguaje.
La tertulia de sus ángeles,
«los misterios de la fe»,
crea realidades
que un simple humano poco entiende.
Bajo la humedad de la tierra,
¡qué perfecto es el viaje
para el enamorado de Dios!
¡Qué grande y pequeño es el amor que lo quema!
Dios sueña a un hombre humilde,
lo arroja a la verdad más cruda,
y es la maravilla que provoca este limosnero
entre visiones que le son aterradoras.
Un pueblo tiene memoria de santo;
en su tierra tiene tatuado el nombre
hasta la raíz más profunda e impenetrable.
Para evitar la ira de su Padre,
atiende con la misma fuerza al desvalido
para intentar acercarse a su altura.
Es su mirada
la que el pordiosero pregona;
el que pide por Dios jamás olvida,
ni en sus huesos,
para su santo sus velas.
Aída Reyes-Alcalde
A Fray Domingo Anadón (1530–1602)








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