Hacedor de humo

Luego de dar su más sentido pésame, sentenció el sabio a su tribu perenne:
¡Duerme! hasta que la esfera celeste se venga abajo,
cuando la carne se vuelva espíritu, habrá concluido nuestro simulacro.
Después del éxodo, la incerteza lo pone todo patas arriba
y los indios dejaremos de existir patas abajo.
Nuestras danzas serán de antaño una mera curiosidad,
criaturas burladas o desterradas, condenadas a orbitar.
Por la noche iniciaremos un nuevo rito descuartizando al hermano zorro,
hembra es la naturaleza, la luna cíclica, también la tierra y juntos seremos “la esfera".
(Cuando esta tropa de últimos primigenios se extinga, mutaremos de piel).
Así afligido, vio que los alambres de la ciudad flotante parecían hostiles
agitó a la manada con decires circundantes
luego de dar las gracias a sus antepasados, soñó con una máquina humeante.
Pero he aquí que en medio del deleite y los sinsabores que tiene la lengua madre
miró su gran tesoro: puras baratijas.
¡Cenizas y humo al hermano fuego!
hombres sean domesticados y mujeres bien paridas.
Traigamos de vuelta el sacrificio de vírgenes, con ritos ejemplarizadores,
para que los espíritus se pongan redondos.
Nuestra chamana sabrá quién es el pícaro que no contribuye.
Unos pedirán por su propio taparrabos, otros por sus estómagos vacíos.
El hombre blanco, el piel roja, dice el hacedor de humo:
mientras la esfera siga girando, hágase el artilugio.
Aída Reyes-Alcalde








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