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Podredumbre y Belleza


Muerta yacía en la penuria

y mientras pensaba en mi epitafio,

una auténtica poeta 

se sentó al lado de mi tumba,

y me miró fijamente a la cara.

 

Me preguntó por qué había muerto

y mi silencio fue mi vergüenza.

 

 ¿Y tú Dickinson? 

(le guiñé el ojo)

-por la belleza-

respondió.

 

Y ambas como hermanas

podredumbre y belleza,

íntimas amigas del barrio y el lodo,

nos encontrábamos en las noches

y hablamos de nuestras muertes

por los siglos de los siglos ¡amén!

 

Hasta que el polvo y el barro

nos cubrió por completo la cara.


Aída Reyes-Alcalde

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