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El otro laberinto

Actualizado: 21 jun 2025

En las paredes de los hospitales

y en las murallas del psiquiátrico

se oyen rezos más sinceros que en los templos antiguos.

Los hombres prudentes, en incomparables diálogos,

dilapidaron mi quietud,

los mesurados, optaron por disuadir mi conciencia.

Horror inculto poner en mis barrotes la biblia como único libro.

Demócrito se rio de mi sensatez

en el patio de los grandes pensadores,

mi falta de humor es hereditaria sentenció,

que mis grietas eran tan inagotables como eternas,

que son sólo imaginarios esos hombres que maté.

Y en un lento paso, puesto de cabeza,

el destino de la tierra se puso en posición invertida.

¡Irrisorio! soy un prisionero con minucias libertades,

duermo con los ojos abiertos, ignoro quién soy,

puede que sea ese Minotauro.

La soledad es sabrosa, no hay techo, solo astros y estrellas.

¡Miren cuántas puertas imaginarias! ¡cuántas ventanas falsas!

donde divisar el ficticio horizonte.

Soy libre y peligroso, soy furia, soy rojo viscoso.

Soy la pesadilla de Ariadna, letras impúdicas de Cortázar,

soy su Poeta hecho teatro,

creación humeante de sus noches ridículas y maravillosas.

Soy quien mató a Teseo y no como se rumorea, soy mezquindad.

Soy soberbia literaria, soy la cabeza monumental de Borges,

cierra tus ojos que así verás mejor, yo soy El Inmortal

y no el indefenso de la Casa de Asterión.

 

Y en las noches sin mi traje y desvestido en mi laberinto siniestro,

con hilo y cera pego en mi dorso las plumas del tal Ícaro.

Y declamo en mi teatro de las sombras:

Nunca lamentes tu caída

ni tu vuelo hecho trizas

¡haz de tripas corazón!

la tragedia es nuestra lúcida comedia.

 

(se cierra el telón, sin aplausos, en el laberinto de un cuerdo en el psiquiátrico)


Aída Reyes-Alcalde

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