Los últimos
Actualizado: 15 ago

Lleva años allí, la disciplina la viste a cabalidad, su memoria no va a la par, puede que la muerte le recuerde sus faltas, lo inquietante es oír que olvidará de todos modos.
De pronto se oye un golpe, es un visitante que tiene quebrada la cara y le invita una partida.
–Soldado, hay una obra oscura que no se conoce y que llaman "recuerdo roto", demonios en el lugar incorrecto, visiones de un hombre que se pierde a sí mismo cuando excava en su pasado. Es una criatura selectiva y con ciertas imprecisiones que logra recomponer algo, pero el desdichado muere poco a poco, sabe que las piezas de madera están hechas de ataúdes, que el tablero sólo es espíritu, es el ajedrez de los muertos. La muerte como en el juego, irradia esplendorosos estertores, rigores en formas homéricas, caballo, alfil y un rey tan trágico como Sófocles, peones que se han consumido en una torre.
El tosco rey increpa porque su conciencia desmemoriada no le deja enrocar para protegerse del visitante. Apertura, medio juego y final, el instinto mueve las piezas devorando peones y los recuerdos, sus fantasmas y sus muertos, empujan el ataúd.
–Eres buen jugador, nadie entra en la pérdida por accidente, la mente por sí misma es una verdad que te da en la sien, el recuerdo está lleno de fragmentos engañosos de los que no puedes escapar hasta que mueres, juegas como un héroe y terminas con horror.
–Soldado, ya habrás tocado la furia, ya habrás confundido a tu hija con tu madre, ya habrás comido del miedo irrisorio, lo ridículo de perder a tu amante en discusiones y reconciliaciones afiebradas, que una noche acalorada te muestres como despojo y calmes tu dolor con una biblia como el buen ateo que pretendes ser. Reúnes un ejército de insignificantes peones y sueñas con tu guerra sagrada, ponerte esa armadura donde esta maldita enfermedad no te toque.
–La dama es tu esposa en el crujir de la madera –dijo el visitante– en su pobreza que como poeta guardaba, en la grandeza de criar a tus críos como el poema más épico. Porque sí, hay cosas que quieres olvidar, pero eso no se arranca. Ya habrás llorado por insignificante, pero no lo suficiente como para tirar el tablero y que la noche más cruda te dé de cuchillazos con el miedo a que tu Dios te toque la puerta. Somos dos ataúdes bien construidos, de buena madera aunque podridas raíces, escarbando la tierra por miedo a ser enterrados vivos en pasadizos o en nichos para recomponer en carne mi masacrada cara, en la ruina o en la queja que te persigue.
El visitante tiene en su cabeza una jugada que podría ser jaque mate, pero recuerda que es un peón y se abstiene.
–Ahora me largo para buscar a otro con quien divertirme –continuó– a la prisa de viejos estandartes, verdaderos próceres de otras épocas a los que no pueda ganarles con los ojos cerrados.
–Jugador, ¡Yo sí sé de juegos! –dijo el tosco rey– desmembré consignas en miserables galpones, clavé cruces imaginarias y pacté con el diablo, fue muy sencillo y me dio otros restos que esparcir en esa pampa. Con la tierra de testigo, siguieron y siguieron hasta que perdí la cuenta, me di ínfulas ante el resto ganando su respecto y perdiendo el mío. Sé que soy el último de esta torre.
–¿las que sollozan son almas? ¡pídeles que se silencien! a esas lloronas que levantan fotografías vacías y escriben en letras desprolijas ¿dónde están? entrelazando alaridos en lo más hondo de estos cimientos oscuros como alambres de púas. Muchos eran huachos, cesantes, cantautores de peñas rancias, obreros de media jornada, algunos politiqueros y a los más bravos los quebramos en torturas de inteligencia, apenas vieron a su camada se vendieron con muy poco tatuando en la piel "lección aprendida" en medio de la corriente.
Dicen que hay recuerdos que no se borran y para este soldado seguramente sea este.
–Cuando yo era un pobre aprendiz dialogué con bufones muy serviles, uno me dio un consejo bastante simple, debía comportarme siempre como un desquiciado que tomara el caballo e hiciera el amor con la reina y que me mantuviera alejado de panfletos y subversivos. Todo iba de maravilla hasta que un alfil me dijo que ninguna muerte violenta queda sin castigo, que estuviera despierto y leyera bien el tablero, que aunque no lo invocara tres veces, el espíritu haría contacto.
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