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Las tragedias son invenciones de sus dioses


Cuando en búsqueda de la fe, un hallazgo escabroso.

Es su estrofa casi idéntica, ya sea en Biblia, Odisea o Dioses Olvidados.

 

Perder el juicio no es sólo caída,

Miré al cielo

una trémula noche

en busca del milagro prometido.

Seguía cayendo el fuego 

y la ira hacia mis pies.

Los misterios son irrebatibles

decían los profetas

engalanando sus altares

despotricando del más infame 

de los designios.

 

Y en la sinagoga

con llagas en los pies

recreó una acrópolis 

que lo llevaba

día a día a escena 

convencido que los versos

de los sabios

sobre la condición humana

eran profusamente irrefutables.

 

Conocí hace un tiempo

a un hombre santo 

que nunca hizo

un milagro para sí mismo.

Acudía a los templos  

y al llegar al punto de partida

siempre se encontraba

con la disyuntiva 

de si todo valía la pena

pues orar no era suficiente 

y a patadas era sacado

en medio del arrojo

tomado por intrépido

o revolucionario.

 

Me hallé de pronto

con la voz entrecortada 

y mustia de saliva

presa de las palabras

que salen

de su cabeza brillante.

 

Que esos grandes dramaturgos

y sus innumerables tragedias

pronto fueran olvidados

le subyugaba.

—Mañana también

puede que olviden mi palabra—

Y envuelto en la duda

posó la mirada en su Dios.

 

Y en la génesis del Cosmos

cuando los astros

aún jóvenes

bajo la nomenclatura 

de sus dioses

posaron su mirada

en el hombre

bajo la temeridad del oráculo,

accedieron bajo sus columnas

agasajar a sus máscaras

impulsados por el error

y la muerte.

 

Cuenta la historia

que yo deambulaba

entre el pecado y el placer

pero fui esa mujer humilde

que lavó sus pies 

con mis piadosas lágrimas

y los sequé

con mis cabellos negros

como la negra reputación

que me antecedía.

 

La Iglesia

hoy me hace llamar 

Santa María Magdalena.

La verdad es que sólo 

soy “esa apóstol"

en medio de un mar de cíclopes.

Los que hayan oído de mí

en la antigua Babilonia

podrán difamarme

como les plazca

sólo jugué al anonimato 

como estaba escriturado.

Los más bíblicos dirán 

que fui expiada

pero, en lo que a mí concierne

solo fui una vilipendiada discípula.

 

Incomprensible

miró a la antigua Nazareth 

como una tierra infértil.

A tanto llegaba

el amor al Padre 

que su espíritu

jamás osaría rebelarse.

Lápida a lápida

deducía los implacables designios

incomprendidos por él.

Permanecía largo rato

ante la estatua ficticia

de Homero  

y esas obras

calaron hondo

en su flemático corazón

deponiendo su dureza

y su ceño fruncido.

 

Distintas lenguas

tamañas obras

él no era precisamente

ese inculto

creía comprender el espíritu 

de los sabios atenienses

convencido

de que todas las profecías 

a esas alturas

eran unas blasfemias.

 

—Quizás mañana me lamente

 en el Tártaro—


Texto completo en pdf, 521 versos

Las tragedias son invenciones de sus dioses
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