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Una muerta salitrera

aidareyesalcalde
31 ago 2025
4 min de lectura

Actualizado: 9 ago

Ilustración original para el cuento "Una muerta salitrera". En un cementerio del desierto se observan 3 figuras, personajes clave del cuento.

Cuando la insolación reverbera


La tierra es implacable y bruta, tiene el desierto tatuado, ni el guano le abona ni el yodo le cura, el nitrato, más de lo mismo. Ni Caleta Coloso ni el Ancla en el alto del cerro, ni siquiera el fantasma de North pudo con tanta maravilla. Ni el ferrocarril, ni la Chimba, na’ de na’.

 

Cuando se es animita obrera, una se las da de espantador de jornada completa.

 

Los hombres al salitre y las mujeres a la vianda, la herencia de la diosa Pampa tan sórdida como la Griega o Romana. Y a salitre abierto, ¿cómo alimentar tantas bocas si las piedras evocan esas almas en vilo? 

 

Endurecido latón de mi casita improvisá’, patea terquedad salitrera. Aburrida, aburrida ¡que vengan más almas y muestren como tanto sol nos dañó la sesera!

 

Esta muerta reverbera en las noches mustias y en las alegres, danza como alma pilucha. Fiebre de cruz oxidada, latón callado persignándose entre las negrísimas manos de los operarios, que es pura tierra, tierra bendita, suelos erizados que nos dejan los pelos de punta. Cuando la muerte se precipita, los cobardes huyen y su sombra nos distorsiona.

 

Siento que algo en este lugar finge lo que no es, despoblado y bajo tierra tiene cuerpos hacinándose. ¿Oirán las voces estos gritos? ¿o sólo son rezos entremezclándose? Algunos dicen que nos zurcen los párpados, otros, que nadie tiene ojos para que el recién llegado no vea esta aterradora verdad.

 

La muerte, siempre tan zorra, toma un segundo para acallarnos y en cambio la vergüenza y el dolor perduran. ¿Y quienes habitan este lugar sombrío? cuando se muere la carne, no se detiene la fiebre ni la peste.

 

Un hombre añora a su esposa y de su boca sale un trueno, desde lo alto al subterráneo un demonio finge estar dormido, en el poder de lo irreal se recrea una vida, cuando la fosa se abre se pierde el sentido y la aflicción se hace presente.

 

¡Maldigo a la muerte! no es piadosa, toma su guadaña en forma de picota. Ella y yo apostamos una vida, una insignificante, la mía. 

 

Hija de ladrón


Aflojé mi carga, mas no el peso de mi conciencia. Nunca me volví una fiera. ¿Alguien puede entender a una NN? La mente puede ser un páramo o una apretujada pieza. En mi mente se disputan batallas, pero también hay cruces que me hacen retroceder... ¡Tú no eres vulnerable! te sabes desenvolver en el barro, me digo para envalentonarme. A veces me incentivo. ¡No seas cobarde, esto es sólo un rasguño! palabras que se dicen bajo fosa ¿Seré merecedora de ser tan viva estando muerta? sin crudeza, no hay auténtico desastre ni infierno que lo ampare, que siga el Diablo chamuscándose y como bíblica maldición en infortunio célibe. Esto es sólo la tierra estéril desgarrándose.

 

Por motivos de mi sensible muerte, busco por los páramos trozos de calaminas, uno que otro vestigio calato. Con tal de llegar a mi asesino, moveré cerros y piedras. El arrepentimiento no especifica el pecado tácito: ¡No matarás!

 

Difusa doctrina que, siendo pecado, no necesita escarnio público, seamos cautelosos. Si se hace demasiado noticioso, amedrentará al presunto homicida. Por otra parte, no sobreestimes al enemigo, siempre está al acecho y he aquí “El Enquiridión para los avispados”.

 

Se dice que el Fantasma de North viene a rondarme, a lo que respondo: que fascinantes son los hijos de nadie, no tiene nada de obsceno ser ilegítimo y, por otra parte, no acepto que ningún rico miserable estropee mi orfandad memorable, ni menos un aparecido.

 

Diatriba de Momia


En los páramos, alejados de la sinagoga, desconocida es la belleza de los ritos funerarios. Un padre ateo y compungido, en busca de consuelo imploró a un dios y puso oro al pie de la fosa para el posible milagro.

 

El desierto enmudecido guarda cierta verdad momificada y cada testigo es silenciado en oro. Desde los Conquistadores se dice que hay ciertas voces, alaridos que son preferibles amordazar. Según el historiador no hay acto más verídico, abrir la avaricia es la voz y el silencioso caos. De momia a fosa, de padre a dios, no hay mejor herencia que el relicario. Curiosamente la necesidad tiene algo de hereje, que aun sordos cuidan la voz y bajo confesión el desesperado, con cierta maravilla, toma la joya como destino para no terminar menesteroso. El alma tiene su valor, la sortija del rey y al que la desgracia sobrevive su peso en oro.

 

Después del éxodo no viene el paraíso y a solas el peregrino entiende que el prendario es el auténtico milagro, cuando la oración no es suficiente.

 

Hoy las momias no son ceremoniosas, tendidas bajo el sol, ya no profesan sus ritos, ya no maldicen al pecador, ni conducen al peregrino a su fosa, descaradas tienen amoríos con sus fantasmas que luego devoran. Me recuerdan a Ícaro, ruina de pájaro, queriendo derrocar al sol con plumas de piel roja de baile religioso.

 

Estoy convencida que las cosas de la tierra poco importan, excepto la fe. El desierto es insolente, sólo la muerte germina la muerte y somos sus hijos deformes.

 

Diógenes el asceta, se revolcaría en su tumba con tanto acumulador al que le asignan su nombre. Hoy al que infunde el miedo por medio del tiro, se le rinden honores y al que habla tan mal como escribe, si tiene centavos, se le exculpa.  

 

Soy una colega de momia, de esas de cuerpos erosionados y pobreza pampina, en la república de libros sin lectores, ese era mi silencioso laberinto, mi enseñanza de su parte fue tanto impecable como precaria. Hija del verdadero padre Diógenes.


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